Hegemonía y educación
01-06-2006 23:01:29
Por Federico González
La actual ley federal de educación data de 1993, y se puso en marcha gradualmente entre 1995 y 1998. El contexto de su sanción se caracterizó por un amplio “consenso político” (o una fuerte hegemonía coyuntural) de la administración de Carlos Menem.
La década de los ’90 -signada en lo económico por la implementación a rajatablas de las recetas neoliberales vigentes y la venta del patrimonio nacional que sostuvo la convertibilidad durante todo el período; en lo social por la creciente desocupación que llegó a sus máximos valores al final de la etapa, durante el gobierno de la Alianza; y en lo político por el sostenimiento del régimen sobre bases absolutamente artificiales y falaces que la ciudadanía compró, como la certeza de que estábamos “en el primer mundo”, lo que le permitió al presidente conseguir su reelección- fue el escenario perfecto para introducir una reforma que culminaría, hoy nadie puede negarlo, en la corrosión total de uno de los pilares fundamentales que sostienen a una nación: la educación.
Nunca, desde la génesis de la ley federal, faltaron voces de lo más jerarquizadas que, ya sea desde el área de la investigación pedagógica o desde el terreno de la práctica docente en las escuelas y en los institutos de formación de formadores, advirtieron sobre las consecuencias nefastas que acarrearía la puesta en marcha de dicha ley retrógrada, melliza de la dictada en la España franquista de 1970.
Todas esas voces fueron despreciadas, y el “consenso” (la hegemonía) las barrió debajo de la alfombra. Los resultados están a la vista: durante toda la década pasada la escuela fue dejando progresivamente en un segundo plano la formación integral de nuestros hijos, para convertirse en un espacio de contención social. Hoy tenemos una escuela a la que muchos niños (aquellos cuyas familias quedaron al margen de la fiesta de los ’90) van a alimentarse, a vestirse, a recibir el afecto y la comprensión de sus maestros y, por último y si hay oportunidad, a aprender algo de lo mucho que necesitarán aprender para desempeñarse en un mundo cada vez más competitivo.
En estos días la ley federal vuelve a la agenda pública. El gobierno nacional, paladín del lema “Memoria, verdad, justicia”, asume respecto a la educación la filosofía de “Mirar para adelante”, dejando en la oscura nebulosa del pasado el fracaso rotundo de la ley federal, como si la educación no fuera un Derecho Humano, como si ese fracaso del pasado no fuese palpable todos los días. Y -como si nada tuvieran que ver con ella- el ministro Filmus, el gobernador Solá y la vicegobernadora Giannetasio, señalan los descalabros provocados por la ley federal, y se erigen como los atizadores de la nueva reforma.
Una vez más un gobierno nacional pretende dejar su huella en la educación nacional. Una vez más se convoca a los gremios docentes, a las instituciones educativas, a pedagogos, a psicólogos, a sociólogos, a padres... Una vez más, nada de lo que aporten éstos tendrá mayores derivaciones, puesto que los “consensos” (la hegemonía) de hoy ya fueron exhibidos por este gobierno, entre otras vidrieras, en los resultados electorales de las legislativas del año pasado y en la Plaza del Sí, el 25 de mayo último.
Una vez más se arma un circo que anuncia como número central un gran cambio, y una vez más compraremos los boletos para ver dentro de un tiempo un escenario en el que nada ha cambiado. Y nada va a cambiar en la medida que se sigan analizando los problemas de la Argentina como si fueran compartimentos estancos, y aislados unos de otros. Se podrán modificar muchos artículos de la ley de educación; pero mientras los niveles de pobreza y desocupación sigan contradiciendo a los números que periódicamente publica el INDEC en base a parámetros inadecuados, mientras la distribución del ingreso conserve su estructura tradicional y mientras la brecha entre ricos y pobres continúe creciendo; la escuela no dejará de ser un espacio de contención para volver a tener a la educación como su prioridad, y el modelo de los ’90 seguirá demostrando que, más allá de los nombres y las declamaciones, ha triunfado y continúa vigente.
La actual ley federal de educación data de 1993, y se puso en marcha gradualmente entre 1995 y 1998. El contexto de su sanción se caracterizó por un amplio “consenso político” (o una fuerte hegemonía coyuntural) de la administración de Carlos Menem.
La década de los ’90 -signada en lo económico por la implementación a rajatablas de las recetas neoliberales vigentes y la venta del patrimonio nacional que sostuvo la convertibilidad durante todo el período; en lo social por la creciente desocupación que llegó a sus máximos valores al final de la etapa, durante el gobierno de la Alianza; y en lo político por el sostenimiento del régimen sobre bases absolutamente artificiales y falaces que la ciudadanía compró, como la certeza de que estábamos “en el primer mundo”, lo que le permitió al presidente conseguir su reelección- fue el escenario perfecto para introducir una reforma que culminaría, hoy nadie puede negarlo, en la corrosión total de uno de los pilares fundamentales que sostienen a una nación: la educación.
Nunca, desde la génesis de la ley federal, faltaron voces de lo más jerarquizadas que, ya sea desde el área de la investigación pedagógica o desde el terreno de la práctica docente en las escuelas y en los institutos de formación de formadores, advirtieron sobre las consecuencias nefastas que acarrearía la puesta en marcha de dicha ley retrógrada, melliza de la dictada en la España franquista de 1970.
Todas esas voces fueron despreciadas, y el “consenso” (la hegemonía) las barrió debajo de la alfombra. Los resultados están a la vista: durante toda la década pasada la escuela fue dejando progresivamente en un segundo plano la formación integral de nuestros hijos, para convertirse en un espacio de contención social. Hoy tenemos una escuela a la que muchos niños (aquellos cuyas familias quedaron al margen de la fiesta de los ’90) van a alimentarse, a vestirse, a recibir el afecto y la comprensión de sus maestros y, por último y si hay oportunidad, a aprender algo de lo mucho que necesitarán aprender para desempeñarse en un mundo cada vez más competitivo.
En estos días la ley federal vuelve a la agenda pública. El gobierno nacional, paladín del lema “Memoria, verdad, justicia”, asume respecto a la educación la filosofía de “Mirar para adelante”, dejando en la oscura nebulosa del pasado el fracaso rotundo de la ley federal, como si la educación no fuera un Derecho Humano, como si ese fracaso del pasado no fuese palpable todos los días. Y -como si nada tuvieran que ver con ella- el ministro Filmus, el gobernador Solá y la vicegobernadora Giannetasio, señalan los descalabros provocados por la ley federal, y se erigen como los atizadores de la nueva reforma.
Una vez más un gobierno nacional pretende dejar su huella en la educación nacional. Una vez más se convoca a los gremios docentes, a las instituciones educativas, a pedagogos, a psicólogos, a sociólogos, a padres... Una vez más, nada de lo que aporten éstos tendrá mayores derivaciones, puesto que los “consensos” (la hegemonía) de hoy ya fueron exhibidos por este gobierno, entre otras vidrieras, en los resultados electorales de las legislativas del año pasado y en la Plaza del Sí, el 25 de mayo último.
Una vez más se arma un circo que anuncia como número central un gran cambio, y una vez más compraremos los boletos para ver dentro de un tiempo un escenario en el que nada ha cambiado. Y nada va a cambiar en la medida que se sigan analizando los problemas de la Argentina como si fueran compartimentos estancos, y aislados unos de otros. Se podrán modificar muchos artículos de la ley de educación; pero mientras los niveles de pobreza y desocupación sigan contradiciendo a los números que periódicamente publica el INDEC en base a parámetros inadecuados, mientras la distribución del ingreso conserve su estructura tradicional y mientras la brecha entre ricos y pobres continúe creciendo; la escuela no dejará de ser un espacio de contención para volver a tener a la educación como su prioridad, y el modelo de los ’90 seguirá demostrando que, más allá de los nombres y las declamaciones, ha triunfado y continúa vigente.
Categoría: Política-Opinión 0 Comentario(s) & 0 Referencia(s)
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